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La Villa

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Marzo, 2018. - “Hija mía, noto tu extremo apego a estas figuras rellenas y me siento curiosa al respecto” dijo la madre a su hija, luego de ver que la pequeña llevaba cuatro figuras a todo lugar. ‘Qué quieres que haga si no tengo una familia grande, tengo que inventármela” exclamó la niña, a cuya respuesta le siguió un triste llanto.

En ese momento los padres de la menor decidieron comprar tickets y llevarla a visitar su país de origen; donde abuelos, tíos, amigos, primos y sobrinos aguardaban la esperada llegada. Los padres de la pequeña tuvieron una buena dosis de cada uno de sus familiares en sus propias infancias, dosis que fue más que suficiente como aporte a su estructura emocional y a sus decisiones de vida; decisiones que incluirían partir a otro país, en este caso a Canadá.

Esta experiencia nos lleva a pensar ¿qué pasa con nuestros hijos cuando ellos nacen y crecen en la lejanía?, pues al hacerlo quedan al margen de saber qué se siente contar con este grupo de personas que con amor nos hubiesen ayudado a cuidarlos y verlos crecer.

“Se necesita toda una villa para criar a nuestros hijos” se escucha decir y es verdad. Somos seres sociales, estamos diseñados para crecer en comunidad, para mantenernos constantemente conectados con alguien y en su defecto, con algo. Ser inmigrantes no es tarea fácil desde ningún punto de vista, pues, al dejar nuestros países hemos dejado también atrás, no solo nuestras familias, sino también toda aquella villa que nos vio crecer. Cada cual lleva consigo las razones que le llevó a buscar en tierras lejanas lo que de alguna formó no encontró en su país de origen.

Moverse también es natural, recordemos que por millones de años de evolución fuimos nómadas; sin ir más lejos, solo tenemos que remontarnos al pasado para encontrarnos con nuestros ancestros nativos de América, quienes se desplazaban de un territorio a otro en búsqueda de alimento, sin embargo todos ellos emigraban con su tribu, no solos.

Encontrar un balance para la vida de nuestros hijos, cuando no contamos con nuestra villa puede ser un difícil desafío, poner atención a qué apegos estamos fomentando en ellos es importante, proveerles con un ambiente rico en relaciones interpersonales se hace crucial para que ellos puedan formar esos lazos que impedirán que se apeguen más y más a cosas materiales, que sin darnos cuenta pueden comenzar a intentar suplir las carencias que sin querer podemos estarles creando.

Una frase como la de esta pequeña con la que iniciamos el relato ayuda a hacernos más conscientes de brindar provisiones reales. Pues, más allá de comida, techo y

abrigo hay necesidades igualmente importantes que debemos suplir, como lo son el afecto y la conexión con personas en las que ellos y nosotros podamos confiar.

Tendemos, de manera muy razonable, a querer brindarles muchas cosas materiales, sobre todo si alguna vez padecimos extrema pobreza material, sin embargo, es en las relaciones humanas significativas donde está la verdadera riqueza y la real fuente de apego.

Invirtamos en brindar la mayor cantidad de tiempo a nuestros hijos. Mantengámonos conectados con nuestra comunidad, busquemos instancias donde ellos puedan compartir con grupos de personas, en fin devolvámosles lo que les pertenece: Su villa.

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