Cultura

Tristes hábitos

Tristes hábitos

Mi hija y yo fuimos a la biblioteca. Al momento de pasar los libros por el escritorio, la señora que nos ayudaba me preguntó amablemente si quería renovar mi tarjeta de membresía, la cual estaba a punto de romperse; pese a ello mi respuesta fue: “No gracias,  prefiero mantener esta que tengo desde hace unos 14 años”.

De inmediato escuché una voz que me replicó diciendo: “Mamá no la puedes tener desde hace 14 años porque llevas solo 13  viviendo aquí”.  La señora siguió con su labor y yo me las arreglé para callar y esconder el nudo que se me hizo en el estómago.

Salí de la biblioteca comprendiendo que algo profundo se me había gatillado, aunque no lo veía con claridad. Pregunté entonces a la pequeña la causa de su comentario. Su respuesta fue la misma que la anterior: “Porque llevas 13 y no 14 años viviendo aquí, llegaste en el 2005 y estamos en el 2018”.  Entre tanto crecía dentro de mí la necesidad de defenderme, quería limpiar mi imagen, como si estuviera frente a un juez.  

Le señalé entonces: “No dije que la tenía desde hace 14 años, sino: -como 14 años-”. Con esta frase  quería dejar claro que mi intención había sido la de aproximarme a un número que no recordaba con mucha claridad –aunque dentro de mí, lo tenía bien presente-.  Ella se quedó en silencio, y ahora comprendo que  ese silencio era el resultado de que comprendía mi desazón.  Pero lo único cierto para ese momento es que mi necesidad de seguirme defendiendo crecía. Entonces empecé a buscar respuestas dentro de mí para explicar mi conducta.

Durante mi infancia  sentí que no era suficiente  para ser vista y amada; la falta de padres y cuidadores maduros fueron cruciales en el desarrollo de este sentimiento.  Ser vistos y amados juega un rol fundamental para la supervivencia. Venimos diseñados para entender que la falta de protección y  abandono por parte de nuestros cuidadores puede significar la muerte.

Entonces siendo una niña, exagerar situaciones me permitía ganar la  atención de la que tanto carecía. Por eso, lo que era uno, lo transformaba en dos; lo que dolía un poco, decía que era un profundo dolor  y así sucesivamente. La exageración fue mi compañera desde que tengo memoria, en conjunto con el temor de ser descubierta y llamada  “mentirosa”, pues aquellos adultos que me rodeaban no ostentaban el conocimiento que hoy se tiene frente al tema y al cual he dedicado bastante tiempo.

Por eso ese día comprendí que  contrario a lo que creía, aún quedaban vestigios en mi interior que me llevaban a exagerar. La presencia de mi hija sin embargo me llevó a ver esta situación con más claridad y comprender que ya no necesitaba aumentar la realidad para poder ser vista, pues  la aprobación no la requiero para sobrevivir como ocurrió en tiempos pasados.

La anterior referencia es precisa para señalar que debemos hacernos conscientes de la realidad. Saber que se tiene una herida no implica que esta va a sanar por sí sola, sino que se deben tomar acciones incorporando las estrategias necesarias para lograrlo.  El objetivo es encontrar el valor que todos tenemos por el solo hecho de existir, dándonos a nosotros mismos el cuidado del que carecimos en nuestra infancia y comprendiendo que la valoración  no viene desde afuera, sino desde dentro.

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