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Vendiendo el pasado

Vendiendo el pasado

Hasta hace unos años un billete de 100 bolívares de Venezuela, alcanzaba para que una familia hiciera mercado para dos (2 meses) y quedaba un rezago para gastarlo en lo que se quisiera.  Hoy no alcanza “ni para un cuarto de un solo dulce”.  Igual suerte están corriendo billetes de otros montos de ese país.  Por eso se ha vuelto normal que hoy se vendan en las calles de Bogotá,  como “piezas de colección” que evocan para el álbum de recuerdos, lo que un día fue Venezuela.

Alexander José Blanco Roa de 23 años, llegó a Colombia hace dos meses.  Al pisar tierra colombiana sabía que el dinero de su país no tiene valor monetario en ninguna nación del mundo, pero lo trajo con la esperanza de “que tal vez” a corto plazo se resolviera la situación. Pero esto no ocurrió y por eso estos billetes tienen hoy una misión que nunca imaginó.

Llegó a la terminal de transportes después de 30 horas de viaje.  Tomó un teléfono púbico y llamó a su amigo para decirle que ya había llegado, pero en medio de la fría capital en la madrugada, el frío de su alma lo abatió más frente a la respuesta que escuchó al otro lado de la línea.  Estaba en un país desconocido, sin rumbo claro, y con un rollo de billetes que no le servían para nada en su bolsillo. Solo tenía la respuesta de su amigo: “No te puedo dar hospedaje”.

Ante la amenaza de que el bus de las soluciones no pasara por él, tuvo que pasar 10 días con sus noches en la terminal de buses.  Fue solo hasta que su esposa llegó junto con su cuñada también de Venezuela,  que decidieron llamar a otras personas que les consiguieron una habitación en una zona apartada de la ciudad. 

Pero había que conseguir recursos. Él es peluquero de profesión, así que encontró trabajo en una peluquería pero lo que le pagaban no era digno según su propia opinión.  “Me mataba todo el día y solo ganaba 10 dólares”. Quiso alejarse entonces de esas personas que abusan de la necesidad de otros por su condición.  Pero había que conseguir dinero.  Por eso Alexander recordó que había gente que curiosa preguntaba ¿cómo son los bolívares?, esos billetes que ya no sirven para nada, para ninguna transacción comercial, ni dentro ni fuera de Venezuela.

Entonces decidió bajar de la loma donde vive, y llegó a un sitio residencial y comercial y allí  ante la mirada de las personas que iban presurosas a cumplir con sus deberes diarios, les invitaba a que tomaran cualquier billete venezolano como pieza de museo, a cambio de cualquier peso colombiano.  La incógnita generada por los billetes que ya no sirven, le hace ganar de 30 a 40 dólares diarios.  Con eso lleva el sustento a su casa y hoy ya está pensando en montar su propia sala de belleza.

No le parece muy digno este trabajo, porque cada vez que entrega un bolívar, le parece estar entregando parte de su historia, pero es consciente que debe dejarla atrás si quiere sobrevivir.  Este  “negocio”, le permitió también como lo dice él “recoger” a un compatriota que llegó hace poco a Bogotá y se sentía perdido como él. 

Alexander no es el único que vende bolívares en las esquinas bogotanas, esto se ha vuelto una práctica generalizada. Las posturas políticas equivocadas destruyeron su país, pero no pudieron detener su libertad para crecer y seguir buscando soluciones a la vida, que mientras lo trilla como al trigo, exprime en él lo mejor de su ingenio para salir adelante, por ahora negociando los billetes que le recuerdan que es venezolano, una palabra que políticamente es sinónimo de tristeza, pero que también le recuerda que no hay tormenta que no haya pasado. 

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