Cultura

Tiempo de elecciones para todos

Tiempo de elecciones para todos

Era tiempo de elecciones, mi hija y yo veíamos las pancartas de los candidatos esparcidas por todas las calles de nuestra ciudad, al tiempo que conversábamos acerca de cuál sería nuestras opción en esta oportunidad. Leíamos sus propuestas y analizábamos  el tema como familia, comunidad y país. La idea es que ella fuera aprendiendo a sentirse parte importante de las decisiones políticas de su entorno.

El día de la votación nos preparamos con entusiasmo los tres para dirigirnos a las oficinas. Nuestra hija siempre sintiéndose parte importante de este proceso. Una vez llegados al lugar, y luego de llenar todos los documentos que nos fueron entregados por una dama detrás de un escritorio, mi esposo se dirigió a la mesa en donde marcaría su voto con nuestra pequeña a su lado; en ese momento dicha dama dijo en voz alta “la niña debe quedarse aquí atrás, si quiere puedes ir a mirar esa máquina que está ahí al lado”.

El rostro de mi hija se desfiguró de tristeza. Para las elecciones anteriores ella me había acompañado  a mí y a su padre tras las urnas, pero esta vez no parecía ser posible. “Cuál es el problema con que ella esté a su lado?” pregunté. “El voto debe ser privado, y los niños tienen la costumbre de contarle a todos lo que hacen sus padres” respondió. “este no es el caso, ella sabe de nuestras decisiones y en previas elecciones no ha habido problema con que esté a nuestro lado” traté de explicar.

 “Eso no es posible, el voto es privado” insistió la señora y prosiguió con su trabajo. Yo no supe qué hacer en ese momento, no conocía bien las reglas de la votación, así que no tenía argumentos. Mi esposo y yo votamos, mientras mi hija lloraba en silencio abrazada del uno o del otro.

Nos fuimos a casa sintiéndonos mal, recordando como nuestra infancia y la de otros, estuvo marcada por momentos en donde nos hicieron sentir poco importantes o valiosos, razón por la cual la mayoría de los adultos crecen trabajando duro para poder demostrar a otros su valor, dejando de lado aspectos importantes de la vida real en este proceso.

Al día siguiente me levanté a estudiar las leyes y las reglas de la votación y no encontré nada en relación a los hijos de los votantes. Entonces llamé a las oficinas del gobierno en donde me confirmaron que nuestros hijos sí pueden estar a nuestro lado cuando votamos. Esto me dio mucha alegría, así que decidí volver a las oficinas y pasar esta información a las personas de ese lugar, en especial a la señora que nos atendió.

Al llegar de vuelta la busqué pero no estaba, sin embargo apareció a los pocos minutos. Al vernos, su rostro endureció, pues nos reconoció inmediatamente. ¿Nos puedes dar un momento? le dije, y ella caminó tensamente con nosotros a un lugar más privado. Le tomé la mano y dije: “Lamento la situación incómoda que vivimos ayer, sé que estabas atendiendo muchas cosas al mismo tiempo y bajo estrés” allí pude sentir que la tensión en su rostro y cuerpo se disipó, así que continué: “También me di cuenta que la información en cuanto a los niños acompañando a sus padres mientras ellos votan no estaba clara, así que me fui a investigar con el solo propósito de ayudar, y personal del gobierno me confirmó que no hay problema en qué los niños estén al lado de sus padres.

Pude ver la sorpresa en su rostro al escuchar la información, “realmente?” balbuceó y no dudó en voltearse hacia mi hija y decir “lamento haber herido tus sentimientos, puedo darte un abrazo?” mi hija accedió feliz a ese abrazo. Al mismo tiempo la señora inesperadamente agregó “quien sabe si estoy abrazando a la futura primera ministra” allí se me cayeron las lágrimas, porque es cierto, nunca sabemos a quién estamos lastimando sin querer cuando miramos a nuestros pequeños como seres inferiores, que no merecen el mismo respeto o consideración que el resto de nosotros los adultos. Este no fue el caso en esta historia afortunadamente, pues todos los involucrados nos dimos la oportunidad de reparar nuestros corazones a tiempo.

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