Cultura

Responsabilidad sobre nuestros sentimientos

Responsabilidad sobre nuestros sentimientos

La presencia de mi marido en casa el fin de semana me regala la oportunidad de tener más tiempo para hacer una de mis actividades favoritas: Cocinar, innovando  recetas.  

 

Aquel día preparé algo que en mi opinión era delicioso.  Sin lugar a dudas pensé que mi esposo e hija lo iban a disfrutar tanto como yo disfruté crearlo.

 

Al entregarles “el manjar”, mi hija lo miró extrañada, tomó un bocadillo, y yo pregunté: ¿Qué tal? Ella respondió: “No tiene buen sabor”.  Sentí una fuerte presión en el estómago, se me fue la sonrisa y el silencio me aprisionó. Mi hija me miró y  preguntó: ¿Hay algún problema mamá?

 

A mí no me salían las palabras, le dije que me diera un minuto para responder, hasta que finalmente pude articular la siguiente frase: “Sí hija, hay un problema, ese problema  son mis expectativas, come tranquila, yo estaré bien”.

 

Recordé entonces, cómo en tiempos de infancia los adultos a mi alrededor muchas veces se mostraban molestos y no escatimaban en decirme frases como: “Es que tú me pones nerviosa… haces que me duela la cabeza… me obligas a castigarte… un día de estos me vas a matar de un infarto”…

 

Con estas frases el mensaje que nuestro cerebro estaba almacenando era “Yo no soy responsable de lo que siento ni de lo que hago, yo no tengo control sobre mis emociones ni sobre mis actos, sino que tú, a tu corta edad, eres culpable de todo lo que me pasa”.

 

Por eso es que en la adultez no se desarrolla la capacidad de lidiar con nuestro entorno individual y social y culpamos a los demás de nuestros sentimientos.  

 

Por ello aquel día en que mi hija me dijo que la comida estaba mala, antes contestarle con un reproche, reflexioné: "¿Alguien me pidió que cocinara algo nuevo? No.  ¿Por qué lo hice? ¿solo porque me gusta cocinar o porque busco aprobación, o ambas?"

 

Entonces entendí que mi hija no es responsable de que yo haya crecido carente de reconocimiento y menos de que por ello  me pase la vida buscando aprobación.  Entendí que lo importante es que ella coma y se alimente.

 

También recordé que el ser humano necesita probar al menos 20 veces una nueva comida para acostumbrarse a su sabor.  Mis expectativas también estaban lejos de los índices.

 

Desde ese momento  con todo lo que hago, he trabajado en mantenerme consciente de las motivaciones que pueden existir de fondo, para así no terminar culpando a otros por mis elevadas expectativas.

 

El mejor ejercicio que podemos hacer para hacernos responsables de nosotros mismos es reformular las palabras y frases que decimos.

 

Así por ejemplo, en vez de decir:  “Esa persona es desagradable” podríamos decir  “cuando estoy cerca de esa persona me siento incómoda(o) aunque no sé bien por qué, lo voy a investigar”. 

 

Allí entonces podemos incluso descubrir que aquella persona nos recuerda a alguien de nuestro pasado o incluso algún aspecto de nosotros mismos con el cual no nos sentimos a gusto o en paz.

De esa manera esa persona en cuestión no es responsable ni culpable de lo que nosotros sentimos al estar con ella. 

 

Recuperemos  la responsabilidad que no pudimos aprender en tiempos pasados y el control sobre nuestras emociones y acciones y de paso démosles a nuestros hijos un mejor ejemplo de lo que es ser adulto.

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