Cultura

Cáncer de mama, un sinónimo de desafío

Cáncer de mama, un sinónimo de desafío

·       El autoexamen a tiempo, sí puede vencer esta mortal enfermedad

¿Conoces tus senos? ¿Los tocas cada mes mientras estás acostada, frente al espejo o tomando un baño? ¿Analizas su forma y textura? Hacer este simple ejercicio puede minimizar el riesgo de padecer cáncer de mama y evita a la vez, mayores complicaciones.

Octubre es el mes de concientización del cáncer de seno. Todos hemos oído hablar del autoexamen, pero, ¿Qué tanta conciencia hay alrededor del tema? Un 40% del cáncer de mama es diagnosticado a través de la rutina de chequeo que toda persona, hombre o mujer, debería realizarse mensualmente.

Según estadísticas, ocho de cada 10 masas no son cancerígenas.

Los retos

Cada año  2.190 hombres son diagnosticados y más de 400 han perdido la batalla. Este tipo de cáncer en el hombre tiene índices de mortalidad más altos que en las mujeres por la demora en la búsqueda de tratamiento.

La Fundación Nacional de Cáncer de Mama (National Breast Cancer Foundation) y asociaciones voluntarias como Wellwood proporcionan toda la información necesaria desde el momento del diagnóstico, apoyo a través de todo el proceso, y hasta consejos de maquillaje y moda basados en pañoletas y pelucas, para esta coyuntura.

Presencia Latina habló con cuatro sobrevivientes y luchadoras. Para todas, el cáncer de seno, contrario a los estereotipos que lo relacionan con la muerte, es más bien un sinónimo de aprendizaje, vida, libertad y desafío.

La tercera es la vencida

“Mi nombre es Hilda Arango Cuartas y soy sobreviviente del cáncer en  tres ocasiones”. Ella es colombiana.  A sus 50 años recuerda  que su lucha comenzó en octubre de 2000. Una masa en el seno derecho la llevó al quirófano para la mastectomía sumada a las sesiones de quimioterapia y reconstrucción.

Ya en Canadá, en el 2006, otra “bolita” en el lado izquierdo le obligó a hacerse una tumorectomía (remoción parcial del seno). Y fue entonces cuando le tocó afrontar la barrera idiomática a ella y a su esposo en las consultas médicas.  ¡Mayor malestar!

Ahora, Hilda viste orgullosa una camiseta donde se lee “Luchadora. Sobreviviente. Guerrera”. Ella compara la experiencia como si estuviera de vuelta al colegio repitiendo la misma materia. Dice: “Tengo que ser mejor estudiante”

Y es que aún le quedaba una tercera batalla. En el 2016, volvió a entrar al quirófano por más de 12 horas donde le removieron el seno izquierdo, y aún le queda una intervención más (que espera sea la última) para el 19 de octubre.

“Yo ya perdí la cuenta de las entradas al quirófano, y prefiero no saberlo. Hay que pegarse a las cosas positivas porque si no, te hundes, y ese dolor te mata peor que el cáncer”, cuenta Hilda. 

Con su experiencia, concluye diciendo: “El cáncer sí duele. Es fundamental el  autoexamen porque de eso puede depender tu vida.  Pero luego de esta experiencia sé que los cangrejos son los únicos que echan para atrás y yo no lo soy”.

Al toro por los cuernos

Cristina es una mujer que ha vivido en carne propia la victoria contra el cáncer, pero también la derrota. Es que la valiente y muy creyente Mexicana de 60 años, luchó y superó un cáncer infiltrativo en el seno derecho hace ya 20 años, pero en el 2011 le tocó ver a su hermana morir en sus brazos por la misma causa.

“Camino al hospital en México mientras mi hermana desfallecía ella me prometía que yo estaría bien”, continua Cristina. “Siempre será un ejemplo que seguir para mí”.  

Cristina Klippenstein, creció  creyendo en la importancia del autoexamen, y así fue donde se percató que algo no estaba bien.

“Cuando me dieron el diagnóstico, a mí se me abrió el piso y por mi mente cruzaron todas imágenes de mi hijo… yo no podía dejarlo solo. El cáncer infiltrativo es como una telaraña que se extiende por todo el cuerpo”, explica

Al iniciar el tratamiento ella a  diferencia de otras mujeres tuvo la libertad de escoger su propio tratamiento y optó por la cirugía y radioterapias.

Ahora, recostada en la fe, sigue la lucha y acepta que el miedo nunca se va. Dice llorar cada año en el vestidor antes de realizarse una mamografía preventiva de rutina. Llora porque se acuerda de todo lo vivido, pero, además, recuerda su motivo para seguir adelante: su hijo Phillip.

“Uno como dueña de su cuerpo debe insistir en chequearse cualquier masa sospechosa. Y si un doctor te dice que no te preocupes, cámbiate de médico”, puntualiza muy segura.

La campana de la victoria

Norma Fernández tiene grabada en la memoria el domingo 28 de mayo cuando sintió por primera vez la masa anormal en el seno izquierdo. El proceso fue muy rápido. Un mes y medio más tarde, la Colombiana se realizaba una remoción parcial del pecho que sería el primer paso contra el estadío dos de su cáncer de mama.

“Un diagnóstico de cáncer te parte la vida en dos, pero para bien. Uno no ve la salud como un valor hasta que la ves comprometida”, dice tranquilamente. Norma aprendió a caminar por esta lucha con el miedo en una mano y la esperanza en la otra. Durante el proceso, ella no quería hablar al respecto… o no podía.

A sus 44 años, Norma, está sentada en la mesa de su cocina contando una historia de lucha donde las complicaciones de salud producto de la quimioterapia, la piel resentida y a veces morada, la osadía que significaba alcanzar un vaso de agua, y la “conquista” que era poder usar el baño, coexistían con un gran sentimiento de victoria.

Durante cuatro meses, Norma fue a esas sesiones de quimioterapia. Entre las dos salas de espera, donde más de 30 personas reciben el tratamiento de forma simultánea, cuelga una campana dorada. La campana dorada de la victoria. La tradición dice que cuando culminas tu última sesión de quimioterapia debes tocarla.  Como la copa que se otorga en el mundial de futbol.

“La tocamos junto con mi mamá. Yo lloraba… la gente de todo el piso  aplaudió, me  abrazaban. Me di cuenta  que uno jamás está solo”.

Norma es ahora más consciente de las pequeñeces del día a día, por ejemplo la importancia de las pestañas.

"Viviré hasta los 100 años"

A Sonia Sanhueza incluso le llegaron a preguntar cuanto tiempo le quedaba de vida, a lo que ella respondió con una sonrisa: “yo creo que llegaré como a los 100 años”.

Chilena de nacimiento, ha soplado las velas del pastel 67 veces, y fue en el 2012 cuando le llamaron para darle la noticia de cáncer en el seno izquierdo. Ella estaba sola en casa, y lloró, no porque se moría, si no por el dolor que estaba a punto de causarle a su familia.

Pero su familia, fue su gran equipo. "En las citas médicas una de mis hijas hacía las preguntas, la otra tomaba notas, mientras yo intentaba procesar todas las emociones", recordando eso como lo mejor del camino.  

Desde ese momento, Sonia le dio un cambio radical a su vida. Con todo el empeño y las ganas de vivir inició una dieta que le permitía recuperar fuerzas antes y después de cada sesión de quimioterapia, junto con gimnasia, medicina alternativa y meditación, entre otras cosas. 

En el caso de Sonia, las últimas tres sesiones de quimioterapia mataban todos los glóbulos blancos, y sus huesos le dolían “como cuando uno sufre de una gripe, pero multiplicado por 100”.

Sonia sienta que ella terminó con el cáncer el momento que salió victoriosa de la primera cirugía. “El cáncer es un desafío. Una piedra en el camino que puede ser grande o chiquita, y uno debe saber moverla, o saltarla”.

Sonia también tocó la campanita dorada de la victoria. La tocó junto a su nieta de entonces 8 años, quien celebró con ella el desafío cumplido.

Ella pidió escribir aquí su número celular por si alguien necesita una mano amiga (647) 385 – 2017

 

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