Cultura

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“Deberías haber puesto esto así, y no asá”, me dijo mi hija un día al ver que yo había puesto unos contenedores boca abajo en vez de boca arriba sobre el mesón de la cocina, ya que ella los debía ocupar para verterles algo.

Mi primer impulso fue responderle algo así como “si no te gusta como los puse, para la otra hazlo tú entonces”… Sin embargo un respiro profundo me bastó para que la memoria de la innumerables veces en que le he dicho cosas similares apareciera, dejándome en claro cómo se ha sentido ella durante todos estos años de crecimiento mientras el perfeccionismo patológico había tomado de rehenes mi buen juicio, mis sugerencias y/o silencios constructivos.

Olvidamos fácilmente todo lo hecho o dicho durante el proceso de crianza de nuestros hijos; olvidamos muchas veces porque en nuestro instinto de supervivencia quedó registrado que debíamos de alguna forma bloquear las memorias dolorosas de la crianza que nosotros mismos recibimos y que incluían un tratamiento muchas veces denigrante y peyorativo por parte de nuestros criadores, pero si miramos atrás con la intención clara de desapegarnos de nuestros dolorosos pasados y sus tristes hábitos para poder establecer un vínculo más sano con la siguientes generación que son nuestros hijos, podremos ver mejor en ellos la necesidad que nosotros mismos tuvimos como niños de ser tratados con respeto y miramiento, y así podremos lidiar con el dolor no resuelto que llevamos por dentro, dolor que puede limpiarse con las aguas santas de nuestras lágrimas.

Por ello, aquel día en que mi hija criticó la forma en que había yo puesto aquellos contenedores sobre el mesón, en vez de molestarme con ella, le pedí perdón por haberla hecho sentir por tanto tiempo de la manera en que yo me sentí en momentos como esos.

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