Cultura

Pedir perdón a los nuestros

Pedir perdón a los nuestros

Tiempo atrás cocinaba el desayuno mientras mi hija aún dormía cuando escuché un grito angustioso que decía “mamá! una pesadilla!”, entonces dejé todo de lado y subí corriendo.  Una vez me vio, me abrazó y lloró fuertemente. Cuando estuvo un poco más calmada le pedí que me contara qué soñaba: 

“Había un monstruo en casa, papá y tú me pedían que saliera corriendo, ustedes también corrían, yo no alcanzaba a tomar mis cosas más preciadas,  me decías que no importaba, que me las enviarías más tarde en una encomienda, porque tú y papá debían correr más fuerte y yo no podía alcanzarlos, así que me dejaban atrás a cargo de una persona que no sé quién era y me dejaban”.

Entonces me preguntó: ¿Mamá tú me dejarías?. Ni muerta,  le respondí. Me abrazó fuerte y recuperó el aliento.

Los sueños forman parte de un sistema inteligente de nuestro cerebro que busca interpretar emociones que hemos experimentado y  han quedado sin explicación. Ellos buscan desenredar nudos que quedan atados a lo largo de la vida.

En este caso, mientras la niña me contaba su pesadilla  yo analizaba qué pudo haberla provocado. Una situación vivida el día anterior se vino claramente a mi memoria. Había sido su cumpleaños hace poco y le habían llegado muchos regalos, todos ellos estaban esparcidos por el living de la casa.

Recuerdo regresar, ver ese desorden y sentirme molesta por ello. Ahora interpreto que no se trataba del desorden, porque generalmente respondo a ello con calma y diciendo algo así como “me parece que es tiempo de ordenar tus cosas, ven yo te ayudo”, pero esta vez llevaba conmigo la carga de varios eventos estresantes previos.

Al decirle: “Ya es tiempo de que ordenes ese lugar, no puede ser que transformes todo en un basural” sentí un peso en el corazón. Mi hija me miró y en silencio se fue donde su padre, quien estaba muy ocupado trabajando. Ella simplemente encontró la forma de hablarle de cualquier cosa sentada sola desde la escalera.

Recordé cómo en mi infancia estaba llena de monstruos que vivían en cada rincón de la casa en donde crecí. Soñaba con ellos, tenía miedo de llegar a casa, o de quedarme sola en ella. Ahora me doy cuenta que todos esos monstruos eran mis miedos a ser herida, a no ser escuchada, comprendida y amada.

Con esta claridad en mi mente pude hablarle a mi hija y explicarle que ese monstruo y ese abandono que había experimentado en su pesadilla provenía de que mis palabras del día anterior la habían hecho sentir que ella no era suficientemente buena como para ser querida por nosotros, y así  mismo tuve la oportunidad  de pedirle perdón y de explicarle que no fue ella quien causó mi molestia, sino que otras cosas foráneas alimentaron mi sentir.

También le pedí que me dibujara su monstruo e hiciéramos algo con él. Ella lo dibujó dentro de una botella y me dijo que no saldría de nuevo a menos que algo similar ocurriera. Ella estaba más clara que yo misma en cuanto a sus miedos.

Alice Miller, conocida psiquiatra en el campo de los traumas infantiles nos dice con claridad que podemos disminuir en un 50% el daño que causamos a nuestros hijos (accidentalmente) cuando somos capaces de reflexionar en nuestras acciones y pedirles perdón, al hacerlo el hijo comprende que es importante para nosotros y no es culpable por nuestros problemas. Ahora entiendo al mismo tiempo que al pedir perdón a nuestros hijos, también le estamos pidiendo perdón al niño(a) que llevamos dentro y le estamos permitiendo al fin crecer.

 

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