Cultura

El ser humano es bueno

El ser humano es bueno

A mi hija, como a muchos otros niños, le gusta coleccionar piedras y ramas de árboles que le parecen interesantes. Durante años había coleccionado unas 5 ramas que le parecían muy especiales por su forma, color o lo que fuera. Ellas se quedaban en el ante-jardín de nuestra casa a petición mía, siempre a salvo y listas para ser usadas en juegos imaginarios donde se requería un bastón, una espada, una lanza o simplemente una rama para ir a caminar.

Vivimos en una rotonda y todos los martes una empresa de jardinería viene a cortar el pasto y recoger las hojas para que el lugar se vea ordenado (se paga una mensualidad para ello y otras reparaciones)  Pero aquel martes algo diferente ocurrió, no solo vinieron a cortar el pasto y recoger las hojas, sino que las ramas favoritas de mi hija inesperadamente desaparecieron.

Al notarlo la pequeña dio un grito de angustia, al mismo tiempo escuchamos que un camión se alejaba, por lo que le dije “ven conmigo, creo que aún están aquí, déjame ver si puedo hacer algo” así que ambas fuimos corriendo y ahí estaba un joven con una camioneta limpiando la siguiente calle. Lo reconocí porque es el mismo muchacho al que saludo todos los martes cuando le veo cortando el pasto.

“Mi hija tenía unas ramas especiales en el antejardín y fueron tomadas” dije “la administración nos ordenó recoger hojas y ramas esta vez, nadie podría notar cuales son ramas especiales” respondió. (mientras mi hija me abrazaba por la espalda) “estas tienen algo diferente, pues mi hija les ha añadido cinta adhesiva o lana, yo las puedo encontrar, dime donde están los camiones” pregunté (el ruido era fuerte, pues él tenía en su camioneta una aspiradora de hojas gigante que estaba funcionando) “son 3 camiones, podrían estar en cualquiera de ellos, lo siento, no creo que sea posible” dijo con tristeza.

Mi hija se fue llorando de vuelta a la casa, pero yo no me iba, no quería que esa fuera la última respuesta. “Dime dónde están, yo voy” insistí. “No sé dónde están, pero cuando los vea yo mismo voy a revisar, aunque no puedo prometer nada, son miles de ramas que recogemos” aseguró. Entonces comprendí la situación, lo miré a los ojos con resignación, el me miró de vuelta y me dijo “lo siento”.

Volví a casa con un sentimiento de derrota, pero con la mirada del muchacho en mi corazón. Supe que él había comprendido la pena de mi hija tanto como yo, entonces se lo hice saber a ella, quien aún lloraba su pena. No la pena de perder las ramas tanto como el hecho de que fueron tomadas de nuestro patio sin preguntar. Una vez dejó de llorar me dijo “este lugar no es seguro” y allí sentí un peso en el pecho, porque he luchado para poder mostrarle a mi hija que el mundo es un bello lugar, que dentro de cada ser humano hay bondad y que esta bondad muchas veces tiene dificultad en manifestarse solo por el dolor que muchos llevamos dentro. Así que conversamos más claramente en cuanto a cómo ocurren lo accidentes, es decir, una persona piensa que está haciendo algo bueno (como el joven que creía que estaba limpiando y ayudando) pero no sabía que se estaba llevando algo importante. Ella lo comprendió y seguimos con nuestro día.

A la mañana siguiente, muy temprano, el timbre suena. Sorprendida de escucharlo (no esperaba a nadie, mucho menos a esa hora) me levanté de un salto para ver quién era. Abrí la puerta y frente a ella estaba el muchacho jardinero sosteniendo 3 ramas de las 5 ramas que habíamos perdido. “Son estas algunas de estas las de tu hija?” yo me quedé sin aliento hasta que pude responder “si, estas son, yo no sé qué decir, las encontraste! Nunca podría compensar lo que hiciste, gracias” y las lágrimas se me cayeron. No tenía nada que darle a cambio de haber venido con su humildad a mi puerta a confirmar lo que he tratado de enseñar a mi hija desde siempre. “El ser humano es bueno, el ser humano es intrínsecamente bueno”

 

Comentarios