Cultura

Aprender a Acompañar.

Aprender a Acompañar.

Eran días de vacaciones y todas las actividades regulares del año habían cesado. Mi hija y yo habíamos pasado el día juntas haciendo diferentes cosas. Pero al llegar la noche, justo antes de dormirnos ella me dijo: “Hoy me sentí sola”. –Sola? me pregunté … cómo puede haberse sentido sola si yo estuve con ella todo el tiempo…

Recordé entonces cómo durante mi infancia los adultos de mi vida hacían sus cosas sin incluir a los más pequeños.

Muy poco o nada de interés mostraban en conocernos, o entendernos, en participar de lo que nos gustaba hacer. Estaban cerca, pero solo en cuerpo, porque en sus mentes y/o sentimientos parecían habitar otro mundo o andar de viaje en algún lugar en donde había algo más importante que sus niños.

Recuerdo haber buscado maneras de no sentirme tan sola, por ejemplo, dibujando, leyendo o jugando con amigos, quienes  venían a alimentar la ilusión de compañía, aunque en el fondo el vacío crecía en conjunto con la desesperanza de poder alguna vez conectarnos visceralmente con alguno de los adultos que nos rodeaban.

Los padres y madres nos encontramos muchas veces encendiéndoles el televisor a nuestros hijos tempranamente, pasándoles nuestros teléfonos, comprándoles video-juegos o envolviéndoles en cuanta actividad sea posible para mantenerles “ocupados”.

Esto es lo mismo que tenerlos  “distraídos o desconectados de nosotros” sobre todo en tiempos de vacaciones, que es cuando sus demandas por conexión y compañía están dirigidas a los padres, quienes muchas veces sin saber cómo responder a ello, terminamos considerándoles  incluso “demasiado”. 

Este sentir no obedece que seamos padres negligentes o malos, sino más bien a nuestra falta de herramientas para saber acompañar a nuestros hijos desde dentro.

Recordemos que las herramientas para la crianza se aprenden durante el propio desarrollo. De ahí que al no haber sido acompañados en lo emocional durante ese tiempo, quedamos carentes de conocer la manera apropiada para acompañar a nuestros hijos en cuerpo y alma.

Cuando comprendí esto me enfoqué en encontrar la forma de estar presente completamente en la vida de mi hija. Comencé a escuchar lo que decía con más atención, a prestar interés a sus inclinaciones y a hacerle más preguntas acerca de sus gustos e ideas. Le pedí perdón por haberla dejado sola por tanto tiempo y nuestra relación floreció en conjunto con la alegría de pasar el tiempo juntas.

Un día en la noche antes de dormirnos me dijo: “Qué buen día tuvimos hoy, me siento tan feliz”. Ese día habíamos hecho lo que en tiempo previos yo hubiese considerado “nada”, ese día realmente habíamos estado juntas y comprendí que yo había aprendido a acompañarle.

www.jessicacarrasco.com

Comentarios